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Backstage BCN y el brillo en la noche del cine catalán

Crónica del backstage que transformaría los Premios Gaudí 2026.

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Cuando las manos de la peluquería profesional escriben la historia antes de que las cámaras la capturen.

Barcelona, febrero de 2026

El ritual previo donde nace la magia de la alfombra roja.

La tarde del domingo 8 de febrero de 2026 transcurría con esa calma tensa que precede a los grandes acontecimientos. Mientras Barcelona giraba su mirada hacia el Gran Teatre del Liceu, sede de la decimoctava edición de los Premios Gaudí, en el número 11 del exclusivo Passatge de Domingo se desenvolvía una ceremonia paralela, invisible para las cámaras pero absolutamente determinante: la transformación.

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Backstage BCN se había convertido en el foco luminoso pero silencioso del glamour que horas después inundaría la alfombra roja más importante del cine catalán. Nuria Soteras, Albert Catalán y su equipo técnico orquestaban una sinfonía de estilismo, color, técnica de peinado y maquillaje profesional que marcaría la diferencia entre aparecer y deslumbrar.

El cronista presente describiría el ambiente con una expresión que captura perfectamente la esencia del momento: “una peluquería de amigas”. Nada de frialdad corporativa ni distancias protocolarias. En aquel salón se respiraba una atmósfera entrañable, cariñosa, vibrante, donde el ajetreo profesional se fundía con la confianza absoluta de quienes se saben en las mejores manos. Porque cuando te juegas tu imagen en la noche más importante de tu carrera, no buscas un servicio. Buscas un refugio.

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La orfebrería del cabello con técnica, precisión y alma.

Entre el sonido hipnótico de los secadores profesionales, el movimiento preciso de tijeras que cortan el aire como bisturís de seda, el sinuoso y descarado cepillo que ondea el cabello y el baile delicado de pinceles sobre rostros que pronto se enfrentarían miles de flashes, el equipo de Backstage BCN ejecutaba lo que solo puede describirse como alta peluquería artística.

No se trataba de aplicar fórmulas. Cada recogido, cada onda, cada trazo de color, cada brushing perfecto respondía a un estudio personalizado. El análisis capilar previo, la elección de productos profesionales específicos, la técnica para realzar matices naturales, el dominio de las herramientas de calor, la creación de volumen estratégico, el acabado con texturizadores de última generación… Cada gesto técnico era una decisión estética con propósito narrativo.

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Porque aquí radica el secreto de la peluquería de alta gama: entender que el cabello cuenta historias. Que un peinado de alfombra roja no es solo bonito; es un manifiesto de personalidad. Que la colorimetría no solo embellece; define carácter. Que las extensiones de cabello natural no solo añaden volumen; construyen presencia.

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Albert Catalán, maestro de las tijeras y alquimista del color, se movía entre los tocadores con esa mezcla de concentración y fluidez que solo otorgan décadas de oficio. Sus manos, curtidas en formación continua, tendencias internacionales y técnicas de vanguardia, analizaban melenas con la precisión de quien conoce cada ángulo del rostro humano, cada caída natural del cabello, cada punto de luz que captará una cámara profesional.

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Nuria Soteras, referente indiscutible en estética integral, coordinaba la danza completa. Maquillaje editorial para cine, técnicas de contouring facial, iluminadores estratégicos, cejas arquitectónicas, labios que resistirían horas bajo focos… Todo debía conversar en armonía. El cabello y el rostro como un único lienzo donde cada pincelada cuenta.

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El desfile silencioso del talento.

La puerta del salón. Cruzar el umbral del número 11 en el Passatge de Domingo aquella tarde era acceder a una realidad paralela, protegida del bullicio turístico exterior por una discreción casi mística. Con la persiana echada al público general y las luces atenuadas hacia la calle, el local operaba bajo la fascinante liturgia de los clubes privados de entreguerras: era el speakeasy de la seda, un umbral clandestino donde el santo y seña es el talento. Tras esa puerta que parecía muda para el transeúnte despistado, se escondía el motor de alta precisión que pondría en marcha la alfombra roja de los Gaudí. Solo aquellxs que formaban parte del engranaje del cine catalán conocían el código invisible para acceder a este santuario; un espacio donde, en lugar de cócteles prohibidos, se destilaba una pócima de confianza, laca y vanguardia, transformando el nerviosismo de las actrices en una seguridad deslumbrante antes de que el primer taxi se detuviera frente a la acera.

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Betsy Túrnez, con esa presencia escénica que la caracteriza, confiaba su imagen al equipo. Luego, más tarde en la gala, tendría un destacado protagonismo. La mediática e increíble Meritxell Falgueras, cuna de buenos reservas, María Ribera, Leticia Torres… Nombres que resuenan en el cine catalán actual, rostros que pronto ocuparían primeros planos en televisiones de todo el país, llegaban sin armadura, vulnerables en su naturalidad, y salían transformadas en versiones potenciadas de sí mismas.

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Anna Bertran cruzó el umbral con la misma energía contenida que despliega en pantalla. La productora Ana Eiras, la co-guionista de La Furia Eva Pauné, Ruth Llopis… Cada una traía consigo no solo un vestido de gala esperando su momento, sino una historia, una carrera, una ilusión depositada en aquella noche. Y cada una salió del salón con algo más valioso que un peinado perfecto: una nueva confianza, una “sonrisa renovada” que los presentes captaron en sus rostros al subir al taxi que las aguardaba en la puerta del Passatge de Domingo.

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Entre el aroma a laca y el tintineo de las copas de cava, hubo una presencia que eclipsó cualquier murmullo: la de la gran Olalla Moreno. Como una de las musas indiscutibles de la escena catalana —aquella que nos robó el corazón en Nissaga de poder, que ha sido musa de Isabel Coixet y que hoy sigue siendo el alma de nuestras pantallas—, Olalla no solo buscaba un peinado; buscaba el refugio que solo el equipo de Nuria Soteras sabe ofrecer antes de la gran batalla de flashes.

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Su llegada al salón fue el momento en que la crónica se detuvo para admirar la veteranía mezclada con esa frescura eterna que la caracteriza. Verla sentada en el tocador, confiando su imagen a las manos expertas de Backstage BCN, fue la confirmación de que estábamos ante el glamour real de los Gaudí. Olalla, que ha transitado con elegancia desde el teatro más íntimo hasta series icónicas como El Ministerio del Tiempo o Com si fos ahir, personificaba esa tarde el espíritu de la “nueva sonrisa” que define a la firma: una mezcla de serenidad absoluta y ese brillo en la mirada que solo poseen las actrices que saben que su trabajo está bien hecho.

Mientras las estilistas trabajaban en su look —buscando esa sofisticación natural que tanto la favorece—, el salón se llenaba de una energía especial. No era solo una estrella preparándose; era la complicidad de una mujer que entiende que la belleza integral nace de la confianza. Al salir, convertida ya en la viva imagen de la elegancia que horas después veríamos desfilar hacia el escenario del Liceu, su rostro reflejaba esa satisfacción plena. Olalla Moreno abandonó el “speakeasy” como la gran embajadora de un equipo que, una vez más, demostró que su mayor talento es hacer que las leyendas de nuestro cine se sientan, sencillamente, en casa.

Algunas marcharon enfundadas en sus trajes de noche, joyas brillando contra la luz invernal de febrero. Otras ultimarían sus estilismos entre bastidores, probándose opciones, consultando con el equipo, buscando ese punto exacto entre comodidad y impacto visual. Pero todas, absolutamente todas, partieron con la certeza de que su cabello, su maquillaje, su presencia estética estaba a la altura del momento que estaban a punto de vivir.

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Los últimos, como no podía ser de otra manera, fueron los maravillosos Meritxell Falguera y su pareja, que vino a llevársela -dadas las horas- en volandas cual caballero andante; el también periodista y escritor, célebre socialité, Daniel Vázquez Sallés. Ignoramos si a lomos de la moto de Daniel, corriendo o en taxi, pero seguro a uña de caballo.

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El momento Gemma Blasco o cuando el “backstage” toca la gloria.

Hubo un instante, a media tarde, que condensó la magia de aquella jornada. Gemma Blasco cruzó la puerta del salón. Para el equipo de Backstage BCN una clienta más que atender con el mismo rigor profesional y cariño genuino que a todas las demás. Pero el destino tenía otros planes para esa tarde.

Manos expertas trabajaron sobre su cabello mientras ella repasaba mentalmente, quizá, las emociones contenidas en La Furia, su ópera prima. El equipo aplicaba técnicas propias para una coleta alta con efecto pulido; uno de esos peinados que parecen desafiar tanto a la gravedad como a la paciencia de cualquier peine. Llevaba el cabello recogido con una tirantez casi arquitectónica, de esas que despejan el rostro por completo y parecen estirar las facciones hacia arriba, dándole un aire de absoluta seguridad y mando.

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Lo que más llamaba la atención era esa coleta altísima, plantada estratégicamente en lo más alto de la cabeza, que caía con una caída impecable hacia atrás. No se veía ni rastro de gomas de colores o pinzas extrañas; daba la sensación de que su propio pelo se enroscaba sobre sí mismo para sujetar todo el conjunto de forma invisible. Era un estilo de una pulcritud asombrosa, sin un solo cabello fuera de su sitio, logrando que el conjunto se viera tan ordenado y profesional que hacía que cualquier otro detalle del plano pareciera casi improvisado.

En ese momento, nadie sabía aún que horas después, Blasco sería una de las grandes protagonistas de la noche.

Cuando Miki Esparbé anunció su nombre como ganadora del Gaudí a la Mejor Dirección Novel, todo el trabajo previo cobró un sentido casi poético. Allí estaba ella, subiendo al escenario del Liceu, recogiendo su premio, dedicándolo con voz emocionada a las víctimas de violencia sexual, calificando su triunfo como una “venganza poética y respetuosa” a través del arte. Y su imagen —cabello impecable, presencia rotunda, seguridad absoluta— había sido cincelada horas antes en aquel salón del Passatge de Domingo.

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La Furia se convertiría en una de las películas triunfadoras de la noche, con Ángela Cervantes alzándose también con el Gaudí a Mejor Actriz Protagonista. Y aunque los focos iluminaban el escenario del Liceu, parte de aquella luz había nacido en la penumbra íntima de un salón de peluquería profesional.

Estilismo cinematográfico en tiempo real.

Lo que ocurrió aquella tarde en Backstage BCN merece un análisis técnico, porque no estamos hablando de maquillaje de fiesta ni peinados convencionales. Estamos hablando de estilismo para alfombra roja, una disciplina específica dentro de la peluquería profesional que exige:

Dominio de la temporalidad: Los peinados debían resistir horas. Desde el momento de salir del salón hasta el final de la gala, pasando por sesiones fotográficas intensas, entrevistas bajo focos de alta temperatura, abrazos, movimientos, viento en exteriores… El trabajo debía mantenerse impecable. Esto requiere conocimiento profundo de productos fijadores profesionales, técnicas de sujeción invisible, estructuras de peinado resistentes.

Comprensión de la luz fotográfica: Un peinado que funciona bajo luz natural puede fracasar bajo flashes de prensa. El equipo de Nuria y Josep conoce cómo la luz artificial rebota en diferentes texturas capilares, cómo el brillo excesivo puede crear “zonas quemadas” en fotografía, cómo el volumen se lee diferente según el ángulo de cámara. Por eso cada acabado se pensaba no solo para el ojo humano, sino para la lente.

Personalización absoluta: No existe el “peinado de gala genérico”. Anna Bertran no es Betsy Túrnez. María Ribera no es Ruth Llopis. Cada rostro, cada estructura ósea, cada tipo de cabello, cada personalidad exigía un diseño único. El análisis previo incluía estudio de facciones, proporción áurea facial, armonía con el vestido elegido, coherencia con el estilo personal de cada actriz.

Gestión emocional: Esta es quizá la técnica menos visible pero más crucial. Un salón de peluquería antes de una gran gala no es solo un espacio técnico; es un santuario emocional. El equipo no solo peinaba; contenía nervios, transmitía calma, infundía seguridad.

La profesionalidad se mide también en la capacidad de hacer sentir cómoda a una persona que está a punto de enfrentar uno de los momentos más expuestos de su vida.

El abrazo sincero cobra sentido.

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Un contraste poético con silencio vs. espectáculo.

Hay algo profundamente bello en el contraste entre lo vivido esa tarde en el salón y lo que sucedió horas después en el Liceu. Mientras en el teatro estallaban los aplausos, las luces centelleaban y las cámaras capturaban cada gesto, en el número 11 del Passatge de Domingo reinaba el silencio satisfecho del trabajo cumplido.

El equipo de Backstage BCN había cerrado las puertas de su espacio. Las herramientas profesionales descansaban limpias en sus lugares. Los productos de alta gama volvían a sus estantes. El suelo, libre ya de mechones y horquillas, reflejaba las últimas luces del atardecer invernal barcelonés.

Desde sus hogares, Nuria, Albert y el resto del equipo técnico: Marc, Marta, Mar, Nicoleta, Adrià, Mireia, Eli, y Tiffany seguían la gala por televisión. Veían desfilar por la alfombra roja a las mujeres que horas antes habían ocupado sus sillones. Reconocían cada peinado, cada gesto de maquillaje, cada detalle que habían pulido con sus propias manos. Y cuando las cámaras hacían primeros planos, cuando los planos medios mostraban la elegancia de un recogido o la caída perfecta de unas ondas californianas, una satisfacción silenciosa llenaba sus salones particulares.

Vieron cómo Nora Navas, Carla Quílez, Maria Molins, Maria Arnal y Laura Weissmahr presentaban la gala con esa frescura que caracterizó la edición 2026. Fueron testigos de cómo Frontera, de Judith Colell, se alzaba con el Gaudí a Mejor Película. Contemplaron el triunfo múltiple de Sirat, de Oliver Laxe, barriendo categorías técnicas y artísticas.

Y aunque sus nombres no aparecieron en los agradecimientos desde el escenario —porque la invisibilidad es parte del oficio de quienes trabajan en el backstage—, sabían que su labor había sido determinante.

Cada plano bonito de aquella noche contenía horas de formación, años de experiencia, décadas de pasión por la peluquería profesional.

 

El backstage de Backstage.

Los profesionales del sector de la imagen personal entienden algo que el gran público desconoce: el verdadero trabajo sucede antes de que se enciendan los focos. La peluquería de eventos, el maquillaje para medios, el estilismo de alfombra roja constituyen disciplinas específicas dentro del universo de la belleza profesional.

No se trata solo de habilidad técnica con las herramientas. Se trata de comprensión cultural (saber qué comunica cada estilo), conocimiento de tendencias internacionales (entender qué está pasando en París, Milán, Nueva York), dominio de la historia de la peluquería (porque el vintage bien ejecutado exige conocer los códigos originales), y una sensibilidad casi sociológica para interpretar qué necesita cada persona en cada momento.

El equipo de Backstage BCN practica lo que podríamos llamar “peluquería de alta consciencia”. Cada peinado se construye desde el respeto a la textura natural y las posibilidades reales de cada melena. No se imponen modas; se proponen versiones personalizadas de tendencias globales.

Esta filosofía de trabajo conecta directamente con lo que sucedió esa tarde de domingo de febrero. Las actrices que pasaron por el salón no salieron convertidas en clones de un ideal estético uniforme. Salieron potenciadas en su individualidad. Betsy como Betsy, pero más radiante. Meritxell como Meritxell, pero más segura. Gemma como Gemma, pero lista para conquistar el escenario que la esperaba.

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La dimensión social del estilismo profesional.

Hay una lectura sociológica fascinante en lo ocurrido. El cine catalán, representado por la diversidad de talento que desfiló por Backstage BCN, encontraba en un salón de peluquería profesional su último refugio antes de la exposición pública. No es casualidad.

Los salones de belleza profesional han funcionado históricamente como espacios de transformación que van más allá de lo físico. Son lugares de conversación, de confidencia, de preparación psicológica. Cuando una actriz se sienta en el sillón y confía su imagen a unas manos expertas, está depositando mucho más que su cabello: está compartiendo su vulnerabilidad.

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El equipo de Nuria Soteras y Josep Pérez entiende esta dimensión social del oficio. Por eso el ambiente que crearon aquella tarde fue descrito como “de amigos”. Por eso las clientas podían llegar nerviosas y salir sonrientes. Por eso el salón funcionó como antesala emocional del Liceu, preparando no solo cuerpos sino también espíritus para lo que venía.

En tiempos donde la inteligencia artificial amenaza con automatizar incluso la creatividad, esta crónica es un recordatorio: hay dimensiones del trabajo humano que ninguna máquina podrá replicar. La empatía de quien sostiene tu cabeza mientras te peina. La intuición de quien lee en tu mirada qué necesitas aunque no lo digas. La calidez de quien te acompaña en el proceso de convertirte en tu mejor versión.

El legado invisible de una tarde de febrero.

Cuando dentro de años se hable de los Premios Gaudí 2026, se recordarán los discursos emocionados, las películas ganadoras, los momentos de gloria en el escenario del Liceu.

Pero habrá una historia paralela, invisible en las crónicas oficiales, que merece ser contada: la de las manos que peinaron, maquillaron, cuidaron y prepararon a las protagonistas de aquella noche. La historia del número 11 del Passatge de Domingo, donde un equipo de profesionales de la imagen transformó la tarde del 8 de febrero en un templo silencioso de la belleza.

Nuria Soteras y Albert Catalán añadieron aquel día una nueva página a sus más de dos décadas de trayectoria en el sector. No fue la primera vez que preparaban talento para grandes eventos —su trabajo en belleza oncológica, su especialización en coloración vegetal, su dominio de técnicas internacionales los han posicionado como referentes del sector—, pero aquella tarde tuvo algo especial.

Quizá fue la concentración de talento. Quizá la importancia del evento. Quizá el resultado posterior, cuando las pantallas mostraron el fruto de su trabajo bajo las luces más despiadadas. O quizá, simplemente, la conciencia de estar haciendo lo que mejor saben hacer: convertir la peluquería profesional en un acto de cuidado, de arte, de acompañamiento.

Epílogo: cuando las pelus escriben historias.

La tarde del 8 de febrero de 2026 terminó cuando el último taxi se alejó del Passatge de Domingo rumbo al mítico Liceu barcelonés. Pero su eco permanece en cada fotografía de aquella noche, en cada plano de alfombra roja, en cada primer plano de las ganadoras sosteniendo sus estatuillas doradas.

Permanece en la sonrisa de Gemma Blasco al recoger su Gaudí, con cada mechón en su sitio pese a la emoción y las lágrimas. Permanece en la elegancia de Betsy Túrnez posando para los fotógrafos, con un peinado que resistió intacto toda la velada. Permanece en la seguridad con la que cada actriz se enfrentó a las cámaras, sabiendo que su imagen estaba a la altura de la ocasión.

Porque al final, de eso se trata la alta peluquería profesional: no de cambiar a las personas, sino de darles las herramientas para brillar con luz propia. De construir esa confianza que se transmite en la postura, en la mirada, en la forma de ocupar el espacio.

El equipo de Backstage BCN no ganó ningún Gaudí aquella noche. Pero escribió, con cepillos, secadores, planchas y pinceles, una parte importante de la historia que el cine catalán contará sobre sí mismo cuando recuerde la decimoctava edición de sus premios más importantes.

Y eso, en el libro invisible de los verdaderos oficios, vale más que cualquier estatuilla dorada.

 


Ficha técnica de la jornada:

Lugar:

Backstage BCN – Passatge de Domingo, 11, Barcelona

Fecha:

8 de febrero de 2026

Equipo técnico:

Nuria Soteras (dirección artística)

Albert Catalán (estilismo capilar)

equipo de maquillaje profesional y asistentes técnicos:

Peluquería: Marc, Marta, Nicoleta, Mireia, Eli, Tiffany y Adrià
Maquillaje: Marta, Mar, Nicoleta, Tiffany y Adrià

Servicios realizados:

Peinados de alfombra roja, maquillaje editorial, brushing profesional, técnicas de recogido, extensiones, acabados con productos de alta gama.

Resultado:

Todas las asistentes llegaron impecables a la alfombra roja de los XVIII Premios Gaudí en el Gran Teatre del Liceu…

 


Esta crónica es un homenaje a todos los profesionales de la imagen que trabajan en la sombra para que otros brillen bajo los focos. A las manos que cortan, tiñen, peinan, maquillan y cuidan. A quienes entienden que la belleza profesional no es vanidad, sino dignidad. Y que acompañar en el proceso de transformación es, también, una forma de arte.