No es un museo de vitrinas frías ni de cronologías estancadas en el tiempo. Es un espacio que respira técnica, oficio y emoción humana. A finales de abril, en el corazón industrial y residencial de Lliçà de Vall, VMV Cosmetic Group abría las puertas del Museo Víctor Martínez Vicario, un proyecto que trasciende la mera conmemoración para erigirse como un archivo vivo de la peluquería española y como testimonio tangible de cómo la pasión por el detalle puede transformar una vocación artesanal en un referente global.
La figura de Víctor Martínez Vicario no requiere presentación para quien haya pisado una academia, sostenido unas tijeras de precisión o distribuido producto profesional en las últimas cinco décadas. Pero hasta ahora, su trayectoria solo vivía en manuales, en ferias sectoriales y en la nómina de marcas como Salerm, Lendan, Arkhé, Crioxidil o Marvi. Hoy, por fin, tiene casa propia. El museo recorre, pieza a pieza, el hilo conductor de un emprendedor que entendió la belleza como un diálogo ininterrumpido entre la exigencia técnica y la sensibilidad humana. Herramientas de corte ya retiradas, documentos fundacionales, formulaciones pioneras y objetos de uso cotidiano se entrelazan para contar, no solo la historia de un grupo empresarial, sino la evolución misma del sector. Cada sala funciona como un espejo de las décadas que han visto nacer tendencias, desaparecer protocolos y consolidar un estándar de excelencia que, curiosamente, sigue intacto.
El acto de apertura evitó el protocolo rígido para abrazar un tono íntimo y profesional. La familia Martínez Ribes, autoridades del municipio y decenas de rostros conocidos del mundo del haircare y la estética compartieron un recorrido pausado, alejado de los discursos institucionales y más cercano a un reencuentro entre colegas. Ana Ribes, viuda de Víctor, vicepresidenta del grupo y presidenta de la Fundación que lleva su nombre, tomó la palabra con la serenidad de quien sabe que el legado está en buenas manos. “Este espacio nace para preservar su memoria, sí, pero sobre todo para que las nuevas generaciones entiendan que la peluquería no es solo oficio. Es dedicación, es respeto por la materia prima y por la persona que se sienta en la silla”, señaló. Tras el simbólico corte de cinta, la proyección de un vídeo testimonial logró lo más difícil en este tipo de actos: que el silencio emocional precediera a los aplausos.
Lliçà de Vall, Barcelona, no es un escenario elegido por conveniencia logística. Es la cuna física y emocional de VMV Cosmetic Group, una multinacional que hoy opera en más de 50 países y da trabajo a más de 1.700 personas, pero que nunca ha perdido el acento de sus orígenes. El Ayuntamiento ha sido testigo mudo y activo de cada ampliación de nave, de cada apuesta por la I+D+i y de cada ciclo formativo. Esa simbiosis entre empresa y territorio se respira en el museo, que también integra la obra del escultor y ceramista Ángel Gil Cuevas, tendiendo un puente visual entre la artesanía, la imagen personal y la memoria material. El espacio no se ha concebido como un archivo estático, sino como un lugar abierto a charlas técnicas, demostraciones en vivo y encuentros formativos. La historia aquí no se conserva; se actualiza.
Y es que el verdadero peso del nombre Martínez Vicario nunca se midió solo en volúmenes de distribución o en cuotas de mercado internacional. Su huella más profunda se rastrea en la Fundación que lleva su firma, creada en 2008 y sostenida con el 1,5 % de los beneficios anuales del grupo. Allí es donde el discurso sobre “devolver a la sociedad” se traduce en acciones medibles: financiación de proyectos de investigación oncológica, edición anual de referencias solidarias, suministro de pelucas en condiciones preferentes para pacientes en tratamiento y el apoyo continuo a programas como el de la Fundación STANPA, que bajo el lema “Ponte guapa, te sentirás mejor” acompaña a mujeres durante su proceso terapéutico. La peluquería profesional, en manos de esta familia, ha dejado de ser un sector puramente comercial para convertirse en un vehículo de bienestar integral. El museo recoge también esta dimensión ética, recordando que detrás de cada fórmula, de cada matiz de color o de cada línea de corte, existe una responsabilidad que trasciende el salón.
Abrir un museo en plena era de la inmediatez digital, cuando las tendencias se consumen en un desplazamiento de pantalla y la formación se fragmenta en píldoras de tres minutos, es un acto de resistencia cultural. Pero quizás por eso mismo, el Museo Víctor Martínez Vicario llega en el momento preciso. No para mirar hacia atrás con nostalgia, sino para recordar que la peluquería de alto nivel se construyó con manos pacientes, con estudio riguroso y con una vocación inquebrantable por servir. En un sector que corre detrás de la innovación constante, Lliçà de Vall acaba de plantar un ancla. Y lo hace con la certeza de que, mientras haya quien quiera aprender, quien quiera sentir y quien quiera transformar, el legado de Víctor Martínez Vicario seguirá cortando, creando e inspirando.
Gracias Raúl, Ana, Ramón, David, Raquel y Sara por vuestra confianza y complicidad. Enhorabuena por este proyecto tan bonito.